Covid-19: la agudización de las desigualdades
Fotografías: Kaloian Santos Cabrera

La pandemia ha puesto de relieve un conjunto de urgencias sociales que eran preexistentes y que ahora no pueden postergarse más. Entre los grupos en condiciones más vulnerables se encuentran los trabajadores precarizados e informales, los adultos mayores, las personas con discapacidades, los habitantes de las villas y asentamientos, y las mujeres. Esta nota hace foco en ellas y en la idea de que el Covid-19 ha funcionado como un catalizador de las relaciones de poder que se manifiestan puertas adentro del hogar.

Por Gladys Alvez y Tania Rodríguez

La pandemia del Covid-19 se manifestó como un hecho sorpresivo, impensado y a la vez desestabilizante, que transformó las vidas cotidianas de un momento a otro. Su expresión diferencial en las comunas, en los barrios y en las familias convirtió lo cotidiano en una urgencia social a resolver.

Esta nueva configuración singular y social para la cual no estábamos preparadxs dio lugar a una etapa de fuertes pujas y disputas por instalar nuevos sentidos y significados en la forma de vivir la vida, la familia, el trabajo y el ámbito de los vínculos comunitarios. Desde entonces, la vida social y política debió ser postergada porque la instancia del intercambio, los abrazos, las risas, las juntadas, representa una amenaza para el contagio de este virus invisible. A tal punto, que en el escenario de la vida pública los espacios se reconfiguraron por completo, se impuso el distanciamiento, la suspensión de empleos y los despidos, trascendiendo todo tipo de posiciones sociales y etnias. 

Este extraño parate desaceleró la vida de millones de personas, concentrando a las familias puertas adentro. Algunxs pudieron mudarse del espacio físico de la oficina al hogar y cumplir los horarios y las tareas “en casa” a través de la virtualidad, mientras que otros tantos trabajadorxs del mercado informal o precarizados (casi el 40% de la población) empezaron a padecer angustias por la dependencia de sus ingresos, ya que quedarse en casa implica dejar de percibirlo. 

Boaventura de Sousa Santos sostiene que la pandemia afecta particularmente a los “grupos del sur”, a quienes se encuentran en condiciones altamente vulnerables (trabajadores precarizados e informales, personas mayores, personas con discapacidades, habitantes en las villas y asentamientos, y las mujeres), es decir, poblaciones cuyas condiciones de vida anteceden a la pandemia, pero que el contexto las exacerba con mucha más fuerza. De este modo, la pandemia juega un papel catalizador mostrando el carácter público de los problemas sociales y la urgencia de que sean reconocidos desde el Estado público.

Las mujeres en desventaja

En este escenario que potencia y visibiliza las desigualdades sociales, el crecimiento exponencial de la pobreza, la desocupación y las violencias, las mujeres se constituyen en el sujeto más vulnerable, quedando expuestas y asumiendo aún más las responsabilidades como consecuencia de los cierres de los jardines maternales, las escuelas, la suspensión de actividades recreativas y el traslado del trabajo a la casa. La situación ha habilitado volver a la lógica que entiende a las mujeres como las cuidadoras del mundo y del hogar por amor a la familia, y como las responsables principales de la reproducción social, lo que se expresa en una agudización de quehaceres, ahora concentrados en un solo espacio-tiempo: el hogar. 

Históricamente a las mujeres se les ha atribuido tareas y responsabilidades en el ámbito de lo doméstico y privado, limitando su acceso a la esfera pública, espacio asignado al varón por el sistema capitalista y patriarcal. Este tipo de dominación se apropia de los cuerpos de las mujeres, siendo consideradas como una herramienta imprescindible para que la producción siga funcionando sin ser cuestionada, es decir, garantizando el cuidado de la mano de obra para la reproducción del capital.

A partir de esto y con el correr del tiempo, las mujeres en su gran mayoría han podido migrar al ámbito público, aunque en condiciones desfavorables y viviendo un proceso de subordinación, explotación y exclusión apañado y sostenido por los intereses del mismo sistema de autoridad. Una manifestación clara de esta situación es la brecha salarial, cada vez más asimétrica, evidencia de la discriminación al género, en tanto inhibe la incorporación de las mujeres al mercado laboral, complejizando su acceso y permanencia en el tiempo. 

Lo novedoso es que en el periodo de circulación del Covid-19 queda exhibida aún más la opresión a las mujeres, que acaban desarrollando hasta 4 jornadas laborales: el trabajo doméstico no remunerado, el trabajo formal remunerado, trabajo de cuidado a terceros y/o tareas comunitarias de solidaridad y militancia.


Lo novedoso es que en el periodo de circulación del Covid-19 queda exhibida aún más la opresión a las mujeres, que acaban desarrollando hasta 4 jornadas laborales: el trabajo doméstico no remunerado, el trabajo formal remunerado, trabajo de cuidado a terceros y/o tareas comunitarias de solidaridad y militancia.

Frente a este clima de injusticia, la experiencia histórica indica que las mujeres siempre han generado estrategias de lucha para combatir y exponer las desigualdades que han impregnado sus vidas, permitiendo avanzar en materia de derechos y de reconocimientos, a través de legislaciones y políticas públicas cuyo eje ha sido eliminar toda forma de discriminación y exclusión por el hecho de ser mujeres. Sin embargo, ha quedado pendiente avanzar sobre el ámbito de las representaciones y los modos de vida social y cultural que atine a romper estructuras, impulsar un proceso de transformación que trascienda las discusiones, y generar un momento histórico de reconfiguración ideológica, cultural, social y política.

Expresiones del patriarcado

En este escenario de pandemia, el patriarcado sigue sosteniendo su expresión de odio y poder agudizando las violencias, dañando no solo a las mujeres, sino a niños y niñas, que no tienen otra alternativa que no sea el encierro con sus agresores y violadores. El Covid-19 se ha convertido entonces en un catalizador de las relaciones de poder que se manifiestan puertas adentro del hogar. 


El Covid-19 se ha convertido entonces en un catalizador de las relaciones de poder que se manifiestan puertas adentro del hogar. 

En este sentido, como expresión extrema de las violencias, las muertes de las mujeres en el país ascendieron considerablemente. Según datos difundidos por el Observatorio de Femicidios, se registraron 57 muertes en la Argentina durante la cuarentena (hasta el 30 de mayo de 2020), en tanto que Misiones, por ejemplo, aparece entre las provincias con mayores casos de femicidios en los últimos meses.

Las estadísticas revelan que se siguen acumulando los femicidios, la única industria que no descansa en tiempos de Covid-19: cada vez más mujeres  pierden la vida, mientras que sus hijos e hijas quedan desamparados y desprotegidos en un mundo donde las relaciones de poder no son democráticas. En este sentido, Rita Segato menciona que “los crímenes del patriarcado expresan las formas contemporáneas del poder, el arbitrio sobre la vida de los dueños, así como una conquistualidad violadora y expropiadora permanente”.

Esta temporalidad desalentadora que ejerce una presión desproporcionada en las mujeres demuestra la vinculación existente entre el sistema patriarcal y el proyecto neoliberal, que oprime, lastima y mata, pregonando un tipo de sociedad individualista, competitiva, y desigual. Ante ello y como contrapartida a estos valores, el desafío es construir un programa posible a desarrollar a corto y mediano plazo, basado en un esquema que invite a transitar un proceso de democratización en las relaciones y vínculos comunitarios y sociales con sustento en la felicidad y el amor. 

Programa para la equidad

El desafío, por lo tanto, no incluiría la posibilidad de volver a la “normalidad”, tal cual la conocíamos; una normalidad que representa la crueldad y la injusticia causando estragos, despojando y sometiendo vidas. Es el momento de construir una realidad que vaya en sintonía a los ideales de equidad y justicia, donde todos y todas se encuentren a la altura de vivir un mundo con más amor, sororidad y respeto al otrx. Con este sentido, urge pensar un programa y construir un tipo de sociedad alternativa a partir de una serie de acciones:

  1. Problematizar y reconfigurar las lecturas y prácticas que sostienen la desigualdad en la asignación de tareas y responsabilidades en función del sexo, a fin de democratizar los roles en el espacio público y privado.
  2. Colocar valor al trabajo doméstico de las mujeres (tiempo y valor monetario). Las tareas fuera del hogar deberán ser resignificadas con salarios justos y aportes a la seguridad social, y las tareas domésticas deberán ser reconocidas como tales debido al tiempo puesto en su realización.
  3. Prevenir el deterioro de la autonomía de las mujeres, garantizando su inserción en el mercado laboral y eliminando formas de contratos laborales precarios que las explotan. 
  4. Crear una agenda del cuidado con una perspectiva de valor real, reconocible y considerado por el tiempo y el compromiso, que permita avanzar en un programa de corresponsabilidad entre mujeres y varones, Estado, mercado, familias y comunidad. 
  5. Considerar los múltiples factores de desigualdades (la pérdida de autonomía económica, la pobreza y la desocupación) que afloran las violencias y los femicidios, exponiendo a las mujeres a una situación de dependencia desde la cual naturalizan y soportan las situaciones más extremas.
  6. Cuestionar los imperativos de la productividad, que son exigencias del capitalismo y del mercado que demanda una ocupación permanente sin espacio de dispersión, con el objetivo de imponer el valor de la vida por sobre los deseos y la reproducción del sistema.
  7. Garantizar la aplicación de las leyes que protegen los derechos de mujeres, niños y niñas, entre ellas: ESI, Ley Micaela, Ley de protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia, entre otras.
  8. Ponderar la importancia de la transversalización de la perspectiva de género en las políticas públicas. La noción de lo neutral lleva las marcas impresas del patriarcado, invisibilizando la existencia de las mujeres y de las identidades disidentes. 
  9. Sumar a los varones a la lucha por la emancipación, en tanto ellos también son víctimas del sistema patriarcal, pues les imponen readecuarse a los modelos de vivir la masculinidad en la emergencia de nuevos escenarios.

Es necesario entonces transformar las relaciones sociales existentes para instituir otras, de acuerdo a otro modo de vida, una sociedad alternativa donde se desarrolle la justicia social. Esto será posible desmontando los cimientos patriarcales que han fundado históricamente todas las desigualdades. La transformación de las relaciones de dominación no es solo un problema de voluntad y de conciencia, sino que implica la transformación de las estructuras que las producen y reproducen.

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