Encerrada en el tiempo. Historia de una cuarentena desde Cuba.
Fotografías: Kaloian Santos Cabrera

El 24 de marzo de 2020, Guadalupe Reboredo debía abordar un vuelo desde Cuba que nunca salió. Había viajado un mes antes para hacer un curso en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí en La Habana, donde recibió la noticia de que se habían suspendido los vuelos de repatriación tras la pandemia COVID-19. Ese día compartió en sus redes que entendía el motivo de la medida: evitar que se siga propagando el virus. Ese día, también, imaginó que “cuando salgamos de esta, habremos encontrado aspectos de nuestra humanidad que no sabíamos que existían”. Hoy reflexiona sobre el tiempo desde su ventana en el barrio La Habana Vieja.

Por Guadalupe Reboredo

¿Qué hacer con tanto tiempo? Esa pregunta me la había hecho mucho antes del caos mundial, cuando recién hacía una semana de mi estadía en Cuba. Llegué a La Habana el 1 de marzo con una beca del Instituto Internacional de Periodismo Jose Martí. Intuía –y así lo fue– que sería una experiencia enriquecedora. Por supuesto (como todos) no preví la crisis que vendría después.

Pero volvamos al tiempo. Hacía días que, además de tener una cursada intensiva, transitaba la ciudad con el hambre de quien no quiere perderse nada. Me levantaba muy temprano y volvía a la residencia a cualquier hora. Ningún turista jamás se cansó de igual manera que en la rutina; cuando estás de viaje las horas fluyen distinto y te sobra energía. Esta sensación de plenitud era diferente: sentía la mente liviana, clara, hasta el sentido de la vista parecía habérseme agudizado. Me di cuenta, entonces, de que hacía días que no veía ni una publicidad. Por las calles de La Habana encontrás, cada tanto, algún cartel o pintada con una consigna política, comercios chicos con idénticos souvenirs y alguna casa de ropa que muestra exactamente lo que te va a vender: ropa, sin promesas de felicidad, sin fotos de cuerpos inalcanzables.

En La Habana Vieja, principal foco turístico, y en la entrada de los grandes hoteles podés encontrar algún negocio con nombre (marca) pero son pocos y muy localizados. En resumen, lo que me estaba limpiando la cabeza no era sólo el hecho de no consumir sino el hecho de no estar bombardeada con opciones para consumir. No estoy haciendo apología de la precariedad ni aplaudiendo las limitaciones del bloqueo, estoy describiendo la sensación que me llevó a preguntarme: ¿qué haríamos con tanto tiempo? Si no nos distrayéramos con el consumo (con el deseo de comprar porque tampoco nos alcanza para gastar todo el día), ¿en qué pensaríamos? ¿Cómo haríamos para soportarnos a nosotros mismos, a los otros, sin tantas distracciones?


En resumen, lo que me estaba limpiando la cabeza no era sólo el hecho de no consumir sino el hecho de no estar bombardeada con opciones para consumir.

La cuarentena llegó como la patada eléctrica que te da un auto en un día seco: inesperada y shockeante. China siempre nos parece demasiado lejos, aunque si invertimos el orden del planisferio está ahí nomás, a la izquierda. Las noticias de los países asiáticos, no importa sobre qué sean, nos llegan como algo exótico y un poco absurdo. No nos llamaba tanto la atención que “estos chinos” pusieran una provincia en cuarentena o levantaran un hospital en 10 días. Cuando me subí al avión en Ezeiza pensé que era ridículo que mucha gente estuviera usando barbijo. Pasó lo que todos sabemos, y a mí me tocó cuarentenear (si el verbo no existe ya lo vamos a estar utilizando) en Cuba. Ni mejor ni peor que nadie pero lejos, en un hotel ubicado en pleno centro de La Habana que ahora, obviamente, se sumó al aislamiento social obligatorio. Ahora sí: ¿qué hacer con el tiempo?

Pepe Mujica dijo en una entrevista que las cosas (los bienes materiales) los pagamos con tiempo. Cortito y al pie, tan simple como calcular cuántas horas de trabajo, en base a la remuneración, necesitaste para adquirir tal o cual objeto. Suena feo, ¿no? Pensarlo de esa manera nos obliga a reflexionar. El tiempo es el bien más preciado. Las transacciones monetarias son, a escala individuo-individuo (a una escala mayor nos meteríamos en otro rollo) intercambios de tiempo. Ahora lo tenemos y sentimos que nos sobra.


El tiempo es el bien más preciado. Las transacciones monetarias son, a escala individuo-individuo (a una escala mayor nos meteríamos en otro rollo) intercambios de tiempo. Ahora lo tenemos y sentimos que nos sobra.

La cuarentena nos trae una nueva relación con nosotros mismos y con los mismos, ya sea que compartamos el encierro o nos comuniquemos por otros medios. Estamos obligados (¡y queremos hacerlo!) a hablar. No podemos agarrarnos de la cotidianidad, que ha sido íntegramente trastocada, para sacar tópicos; hay que hablar de otra cosa. Van surgiendo así los recuerdos, los deseos, los temores, todo aquello que tapábamos con la rutina que además ahora nos parece maravillosa. ¡Cuánto daría por unos mates en la oficina! Nos encontramos pensando cosas que hasta hace dos semanas eran imposibles. También encontramos habilidades que desconocíamos o no estaban tan potenciadas: las culinarias están en el podio. De pronto descubrimos que limpiar no es tan feo (las casas van a brillar cuando esto termine) y que una ventana puede ser más paradisíaca que la mejor playa que nos hayan querido vender. Somos los mismos de antes y, sin embargo, todo es nuevo. Será nueva, entonces, la respuesta que deberemos crear como sociedad. Por una parte, tenemos el desafío individual de fortalecer nuestras mentes, y por otra, el desafío colectivo de ensanchar los corazones.

Nunca, al menos en las últimas décadas y a escala global, quedaron tan al desnudo las fallas del sistema capitalista que pone a las personas en el último eslabón de la cadena de prioridades. Nunca fue tan absurda la idea de rescatar a las grandes entidades financieras por sobre el cuidado de la salud. Nunca fue más cruel (permítaseme la inspiración cubana) el bloqueo de Estados Unidos a las naciones que no se alinean a sus políticas. No es mi intención redoblar la alarma apocalíptica pero, ¿de qué serviría respaldar a las empresas si el día de mañana dejan de existir los consumidores?

No sé si el virus se originó en un laboratorio, si es un castigo divino o es la venganza que planeaban los animales que ahora nos ven encerrados. Sí creo que ha puesto en jaque a la supremacía humana de la que estábamos convencidos. Han sido décadas y décadas de destrucción entre los pueblos y explotación de la naturaleza y acá estamos, víctimas de algo tan chiquitito e invisible que parece una tomada de pelo frente a los numerosos ejemplos de despliegue nuclear.


Nunca, al menos en las últimas décadas y a escala global, quedaron tan al desnudo las fallas del sistema capitalista que pone a las personas en el último eslabón de la cadena de prioridades. Nunca fue tan absurda la idea de rescatar a las grandes entidades financieras por sobre el cuidado de la salud.

Escribo estas líneas porque yo tampoco sé qué hacer con el tiempo, porque estoy en un hotel y brilla el sol y puedo ver el mar pero, como ustedes, no puedo salir. Son tiempos que invitan a reflexionar y a estar conectados mediante las redes. Me contaban que Fidel, sin desconocer el espíritu negativo de Internet como herramienta militar de espionaje, positivo como era, dijo: “Esto lo crearon para nosotros; esto va a permitir que el viejito que está aislado y lejos pueda pedir ayuda o comunicarse con su nieta”. Las herramientas son lo que hagamos de ellas. Las circunstancias dependen del cristal con el que se las mire. No sé si nos encaminamos al caos total o al despertar de aquello que no terminaba de nacer. Se viene algo nuevo y eso es terrible pero emocionante.

La Habana, 30 de marzo de 2020

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