La situación abierta por el COVID-19 dio lugar a que se instale en la agenda social el falso dilema economía vs. salud, una verdadera trampa a la hora de imaginar la pospandemia. La experiencia y los principios de la economía social y solidaria asoman como la clave para la construcción de un orden civilizatorio nuevo, que ya no puede postergarse más.

Por Leonardo Batista y Daniel Rivas

En los últimos meses, a partir del confinamiento social generado por la explosión de la pandemia del COVID-19, se instaló con mucho énfasis la discusión respecto al falso dilema entre economía vs. salud, que opera como catalizador de tensiones en la sociedad. Sin embargo, no es cuestión de priorizar una o la otra, ambas van de la mano para salvaguardar la vida de las personas. En este contexto, los gobiernos nacionales y provinciales deben maniobrar entre las presiones de grupos económicos concentrados, los intereses colectivos de la sociedad y la realidad compleja de las economías actuales. Estas tensiones de coyuntura muchas veces sirven para invisibilizar los problemas estructurales del sistema económico neoliberal hegemónico, el verdadero generador de la degradación social por la que atraviesan millones de personas.

Más allá de distintas discusiones propias de la coyuntura -y sin intención de restarle importancia- es central entender que esta gran crisis económica global que comenzamos a transitar, no surge en forma repentina por culpa de covid-19, sino que es consecuencia de un sistema que ha profundizado la desigualdad, la exclusión, la pobreza, la degradación de la naturaleza y concentración de riquezas en pocas manos, en nombre de la liberalización financiera a nivel global. Desde su cosmovisión filosófica, el accionar concreto se orienta por una economía centrada en los mercados financieros, que buscan maximizar ganancias y acumular capital sin límites y sin ética, subordinando a empresarios y postrando a los trabajadores, y condicionando la vida de millones de personas con un proyecto político de “miseria planificada”. Por tanto, el verdadero dilema en términos estructurales es si continuamos bajo el yugo de una economía neoliberal financiarizada o si buscamos otras alternativas posibles, donde la vida de las personas y la reproducción equitativa de nuestras sociedades estén en el centro de las decisiones económicas.

La pandemia ha desnudado grandes desigualdades imperantes, mostrando que el neoliberalismo es un sistema económico agotado e inviable, que el individualismo, la meritocracia y el “sálvese quien pueda” no caben en una sociedad que pretende avanzar hacia mayores niveles de igualdad, equidad y justicia social. Por ello, es imperioso desarrollar otras formas de organizar la economía y la sociedad, como alternativas concretas y reales por fuera de las relaciones de subordinación capitalistas.


El verdadero dilema en términos estructurales es si continuamos bajo el yugo de una economía neoliberal financiarizada o si buscamos otras alternativas posibles, donde la vida de las personas y la reproducción equitativa de nuestras sociedades estén en el centro de las decisiones económicas.

Existen diversas experiencias -algunas institucionalizadas, otras aún no- orientadas a reconocer, potenciar y desarrollar formas de producción, distribución, circulación y consumo, muy distintas y heterogéneas. Las experiencias de las economías social y solidarias en las que prima el trabajo autogestionado, la participación democrática de las personas en carácter de asociados, donde los ingresos y los beneficios de la actividad económica son distribuidos de una manera equitativa, revirtiendo relaciones de explotación que el capitalismo pretendió naturalizar, son claros ejemplos de otras alternativas posibles. Una enorme variedad de organizaciones y movimientos sociales en todos los países de América Latina, resisten los embates de la reestructuración capitalista a escala global, reinventando formas de organización económica por fuera de los criterios de eficiencia y competitividad que el sistema hegemónico pretende universalizar, incluyendo a pocos y excluyendo a las mayorías.

Según el economista José Luis Coraggio, avanzar por otros caminos es un desafío sumamente importante e implica la necesaria “construcción de una alternativa sistémica que requiere de otro Estado y de otros sujetos”. Significa pensar en mujeres, jóvenes, agricultores, trabajadoras y trabajadores, no como meros engranajes de la maquinaria de maximización de ganancias del capital -en el cual prima solamente el dinero y la generación de plusvalía- sino como colectivos que trabajan para la reproducción de la vida, enfatizando el bien común, la ayuda mutua, en la construcción de una relación armónica entre los seres humanos y con la naturaleza. Para ello, es prioritario seguir pensando y articulando acciones que materialicen la construcción de esas “otras economías” centradas en la vida y el trabajo de las personas, y no en el dinero y en el capital.


Las experiencias de las economías social y solidarias en las que prima el trabajo autogestionado, la participación democrática de las personas en carácter de asociados, donde los ingresos y los beneficios de la actividad económica son distribuidos de una manera equitativa, revirtiendo relaciones de explotación que el capitalismo pretendió naturalizar, son claros ejemplos de otras alternativas posibles.

También debemos problematizar la visión “friccional” como estrategia emergente para atender los problemas coyunturales de la pobreza de aquellos excluidos del sistema, debido a las fallas del Estado y/o el mercado, tal como plantea Luciano Nosetto. La economía social no se puede agotar en una propuesta de emergencia para los más pobres hasta que se vuelva a la “normalidad” capitalista. Debe ser para todos y todas con el objeto de transformar la realidad existente, activando las capacidades de los excluidos y potenciando los lazos sociales para las satisfacciones de necesidades diversas, de recuperación de derechos y construcción de justicia social.

En esta transición hacia otra economía vivimos en un sistema económico mixto -economía empresarial capitalista, economía estatal y economía popular- en el cual es necesario consolidar y profundizar el rol central del Estado para contrarrestar las desigualdades, articulando, sosteniendo y potenciando políticas públicas -distributivas, redistributivas y regulatorias- que garanticen derechos sociales. Ello es y será posible, siempre y cuando en el Estado las relaciones de fuerza expresen alianzas estratégicas tanto con el sector privado (PyMES), como con las organizaciones sociales y de la economía popular, social y solidaria, a fin de encontrar los mejores caminos para una distribución de la riqueza más justa y equitativa.

Sin embargo, es importante también resaltar que la economía social y solidaria, como plantea Coraggio, no puede limitarse a reorganizar las capacidades y recursos propios de la economía popular (que son muchos pero insuficientes) o solo los que el Estado puede redistribuir. Debe disputar políticamente al capital el control de los recursos productivos y la organización de los propios trabajadores, en un proceso de redistribución originaria.


La economía social y solidaria, como plantea Coraggio, no puede limitarse a reorganizar las capacidades y recursos propios de la economía popular (que son muchos pero insuficientes) o solo los que el Estado puede redistribuir. Debe disputar políticamente al capital el control de los recursos productivos y la organización de los propios trabajadores, en un proceso de redistribución originaria.

Esta concepción política -porque pretende transformar la realidad mediante la acción colectiva- se orienta a asegurar la vida para todas las personas. Ello también incluye, inexorablemente, el cuidado y la regeneración de la naturaleza, cuestión superflua para un sistema capitalista salvaje y extractivista, que provoca la destrucción de su entorno, si ello le permite a corto plazo maximizar extraordinariamente las ganancias.

En la región latinoamericana se pueden resaltar las culturas originarias que comparten sabidurías ancestrales respecto a la casa común y al cuidado de nuestra madre tierra.  “Los pueblos originarios saben del diálogo con la tierra, saben lo que es escuchar la tierra, ver la tierra, tocar la tierra. Saben el arte del buen vivir en armonía con la tierra. Y eso lo tenemos que aprender quienes quizás estemos tentados en una suerte de ilusión progresista a costillas de la tierra”, sostiene el Papa Francisco.

Esta cosmovisión originaria del Buen Vivir aporta elementos fundantes para avanzar en el logro colectivo de una vida en plenitud, en base a la cooperación, la complementariedad, la solidaridad y la justicia, siendo la vida un sistema único, interrelacionado, marcado por la diversidad y la interdependencia entre seres humanos y con la naturaleza. Se trata de una permanente construcción de equilibrios que aseguren la reproducción ampliada de la vida. 

En la provincia de Misiones, por ejemplo, podemos encontrar numerosas experiencias en este sentido, impregnadas en la propia historia guaraní que pregona el Teko Pora, que Bartomeu Melià definió como ese buen modo de ser, un buen estado de vida. Hay buen vivir cuando hay armonía con la naturaleza y con los miembros de la comunidad, cuando hay alimentación suficiente, salud, paz de espíritu. Además, manifiesta este buen vivir no como memorias de un pasado nostálgico e idílico, sino como un proyecto presente y de futuro, mediante el cual pensamos y decimos lo que queremos ser, y ya lo comenzamos a ser: es memoria de futuro.

En Misiones hay organizaciones sociales que vienen trabajando y articulando acciones para irradiar una forma distinta de mirar el mundo y sobre todo de organizar la economía desde el buen vivir, como una verdadera alternativa. También esta provincia tiene la particularidad, como menciona Horacio Simes , de tener una identidad y una historia muy vinculada a los movimientos cooperativos, que a lo largo del tiempo han permitido la satisfacción de necesidades básicas como el acceso a agua, energía eléctrica y otros servicios, que muchas veces no llegaban a ser buenos negocios para las empresas privadas y que tampoco eran satisfechos por el ámbito público. Para acopiar la producción primaria y comercializarla, también encontraron soluciones a través de alternativas marcadas por los lazos de cooperación en la producción campesina y de la agricultura familiar, entre tantas otras, que construyeron distintas formas de producción y comercialización más justas y equitativas.


Esta cosmovisión originaria del Buen Vivir aporta elementos fundantes para avanzar en el logro colectivo de una vida en plenitud, en base a la cooperación, la complementariedad, la solidaridad y la justicia, siendo la vida un sistema único, interrelacionado, marcado por la diversidad y la interdependencia entre seres humanos y con la naturaleza. Se trata de una permanente construcción de equilibrios que aseguren la reproducción ampliada de la vida. 

Estas propuestas y acciones concretas –no utópicas– son necesarias para avanzar en la construcción de formas alternativas de pensar y organizar la economía. Ahora bien, también es necesario no olvidarnos de aquellas limitaciones existentes en el plano de las ideas y los valores, que muchas veces nos impiden poder avanzar. Ante la crisis civilizatoria que vivimos en la actualidad quedan dos caminos: o continuamos con el capitalismo occidental basado en el fomento del individualismo y el consumo, la explotación humana, la destrucción de la naturaleza y la violencia; o construimos una concepción propia, aprendiendo de los saberes de los pueblos originarios plasmados en el Buen Vivir, del humanismo cristiano presente en la solidaridad, de las tradiciones democráticas, comunitarias y populares de los movimientos nacionales y las izquierdas latinoamericanas. Ello significa la construcción de una identidad latinoamericana propia que escape a la decadencia actual y constituya la base sobre la cual construir otro proyecto común de sociedad.

Desde esta perspectiva, consideramos que existen pluri-miradas de todo lo que hacemos, no existe un pensamiento único, y por ende, no podemos seguir manteniendo la subordinación a la colonización de nuestros pensamientos y de nuestras acciones. En ese marco, tenemos el desafío de aprender a compartir, conocer y articular con otros saberes en las comunidades, que aportan miradas más amplias y constructivas. Tratamos de aportar a la construcción de otras economías, en un tiempo intergeneracional que requerirá la formación de sujetos sociales que puedan sostenerla.

En este horizonte, uno de los desafíos fundamentales es profundizar la batalla “contrahegemónica” para irradiar un nuevo pensamiento, una nueva cosmovisión lejos de la visión neoliberal del capitalismo financiero con su estela de exclusión social. Como dice Atilio Borón, la moneda está en el aire, puede que caiga de un lado o del otro, y tenemos que estar preparados y trabajar desde las bases para que, cuando la moneda caiga, nos encuentre organizados para afrontar las complejidades y seguir construyendo la sociedad y las economías que queremos y necesitamos.                   

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