Ni bien asumió, el 1 de noviembre, la nueva gestión de la Comisión Europea empezó a trabajar en una estrategia que haga frente al avance de los norteamericanos en el área de las telecomunicaciones. Le preocupa un dato clave: el 92% de los datos generados por el mundo occidental están en custodia de Google, Amazon y Microsoft. La encargada de liderar la cruzada es Margrethe Vestager, vicepresidenta segunda para la Era Digital y comisaria de Competencia, a quien Donald Trump bautizó “tax lady”.

Por Leandro Meynet @nanomeynet

Fofografía: Techspot, Kevin Lamarque, Reuters

Hay un comoditie que hoy en día vale más que todos. El dato. Los datos. ¿Qué es un dato? Un dato puede ser una foto personal, el perfil de una persona en una red social, el número de una cuenta bancaria, un diagnóstico médico, una resolución judicial, una transferencia off-shore y hasta un amorío secreto de un alto funcionario o funcionaria de un gobierno extranjero.

Pero ¿para qué sirven?  Si bien depende de cada uno, hay algo en lo que todos coinciden: la información es poder. Y en el siglo XXI hay dos países que lideran esta contienda: Estados Unidos y China.

Han surgido en estos últimos años nuevos conceptos como ‘‘soberanía digital’’ y ‘‘neutralidad de la red’’ que pueden sonar alejados de la realidad, pero justamente ocurre lo contrario. Son nuestro día a día, o mejor dicho, los necesitamos en nuestra vida cotidiana a modo de salvaguardas para hacer uso y consumo de las tecnologías de la información y la comunicación de manera más responsable, lo menos manipuladas posible.

Hay un dato que preocupa a Europa y debería preocupar en nuestra región también. Según el  Centro Europeo de Estudios Políticos (CEPS), uno de los principales think thank de ese continente, el 92% de los datos generados por el mundo occidental están en custodia de empresas de origen estadounidense. Estamos hablando básicamente de tres grandes corporaciones: Google, Amazon y Microsoft.

La nueva gestión de la Comisión Europea –una de las instituciones de la Unión Europea con funciones ejecutivas e iniciativa legislativa-  asumió el 1 de noviembre y ya se encuentra trabajando para lanzar en los primeros 100 días de gestión una estrategia para hacer frente al avance de los norteamericanos y los chinos en el área de las telecomunicaciones.


Hay un dato que preocupa a Europa y debería preocupar en nuestra región también. Según el  Centro Europeo de Estudios Políticos (CEPS), uno de los principales think thank de ese continente, el 92% de los datos generados por el mundo occidental están en custodia de empresas de origen estadounidense. Estamos hablando básicamente de tres grandes corporaciones: Google, Amazon y Microsoft.

Es tanta la importancia que se le atribuye a la problemática, que este órgano de gobierno continental, con sede en Bruselas, tiene entre sus funcionarios a la comisaria Margrethe Vestager en la vicepresidencia segunda para la Era Digital y comisaria de Competencia, un cargo ejecutivo creado especialmente para abordar el tema. Acaso una tendencia mundial y nacional si consideramos las versiones nacionales que indican que el gobierno de Alberto Fernández crearía un área (con rango institucional indefinido) que llamaría “Big Data y Redes Sociales”.

En una entrevista brindada al periódico El País, Vestager destacó que la dificultad más grande en cuanto a la regulación surge en la dinámica que tienen los negocios digitales: ‘‘El ritmo de los cambios es uno de los grandes desafíos. Elaboramos normas para algo que, en el momento en que entran en vigor, tiene otra forma y otra función”.

La comisaria a cargo de implementar medidas para mitigar la dependencia europea en este ámbito tiene en su experiencia algunas decisiones que han generado gran impacto en el mercado digital. La primera es la sanción a Google por 8.240 millones de euros por ‘‘abuso de posición dominante’’, la segunda, un castigo a Apple por rebajas fiscales de 14.300 millones de euros y, por último, haber obligado a Facebook a colaborar en la lucha contra el odio en la Red.


Vestager destacó que la dificultad más grande en cuanto a la regulación surge en la dinámica que tienen los negocios digitales: ‘‘El ritmo de los cambios es uno de los grandes desafíos. Elaboramos normas para algo que, en el momento en que entran en vigor, tiene otra forma y otra función”.

Hay que sumar dos actores importantes que han manifestado descontento con el actual estado de las cosas. El presidente francés Emmanuel Macron alertó sobre las firmas de la industria digital que operan en territorio de la Unión Europea pero que son de otros países, y destacó, a su vez, la ausencia de empresas propias con posibilidad de competir en el sector.

Por su parte, la canciller alemana Angela Merkel dijo, en referencia a Google, Amazon y Microsoft: “Muchas compañías ha subcontratado la gestión, el almacenamiento y el procesamiento de sus datos a empresas estadounidenses”, y advirtió: ‘‘Crearán dependencias que no estoy segura de que sean buenas”.  

Algo previsto era que declaraciones de esta índole llevaran a reaccionar a algún funcionario norteamericano respecto de su posición con los gigantes tecnológicos. El mismo Donald Trump se refirió a la comisaria Vestager como la ‘‘tax lady’’ (señora de los impuestos) y la describió como ‘‘peor que cualquier persona que he conocido’’.

Si bien hubo a fines de agosto, en el marco de la cumbre del G7 en Francia, un acercamiento entre Macron y Trump respecto de los impuestos a los gigantes digitales estadounidenses, la nueva impronta provista por la Comisión Europea en el tema parece ser signo de otra contienda diplomática.

Hay, desde esta perspectiva, tres cuestiones de importancia en lo que respecta a la soberanía digital. Primero, el almacenamiento y disponibilidad de los datos personales y estatales/gubernamentales, que en su mayoría están alojados en empresas norteamericanas. Segundo: a quién o quiénes le estamos dando el control y la manipulación de ellos. Tercero: qué uso le están dando o pueden dar estas empresas y cuánto puede esto perjudicarnos a nosotros en tanto individuos o a un gobierno en general.

Algo tan sencillo como datos biográficos volcados por nosotros mismos en una red social, combinado con movimientos bancarios, compras y consumos obtenidos por los datos de las tarjetas de crédito, gustos, preferencias, manifestaciones políticas y religiosas, constituye información que al ser “cruzada” permite crear perfiles que pueden ser utilizados tanto en el marco de una campaña de marketing como en una campaña política. Es lo que se conoce como big data, es decir, todos esos datos juntos, procesados y ordenados representan posibles perfiles de usuarios y permiten predecir determinadas conductas, o al menos aproximarse e intentar ejercer influencia.


Algo tan sencillo como datos biográficos volcados por nosotros mismos en una red social, combinado con movimientos bancarios, compras y consumos obtenidos por los datos de las tarjetas de crédito, gustos, preferencias, manifestaciones políticas y religiosas, constituye información que al ser “cruzada” permite crear perfiles que pueden ser utilizados tanto en el marco de una campaña de marketing como en una campaña política.

Hay un antecedente en nuestro país que se remonta a la campaña presidencial de 2015 y que no sabemos si comenzó tiempo antes, que es el caso de la empresa Cambridge Analytica. Esta compañía se dedicó exactamente a eso: minería y análisis de datos para campañas y procesos electorales. Pero, ¿de dónde los obtenían? Entre otras fuentes, principalmente de Facebook. ¿Y quiénes pusieron los datos en disponibilidad? Primero, nosotros, al haber aceptado esos largos acuerdos que nadie lee. Luego, la propia empresa, al haber permitido la utilización con fines comerciales y de otro tipo.

Ahora bien, ¿hacia dónde avanza la problemática? El surgimiento de esta nueva era de los datos masivos radica en una cuestión fundamental: hoy existen las herramientas para procesar grandes paquetes de información y obtener resultados que hace algunos años hubieran sido imposibles o hubieran demandado mucho tiempo y recursos. ¿Hay un uso positivo de todo esto? Desde la perspectiva mencionada pareciera que no. Pero si indagamos, vamos a encontrar grandes avances en la utilización de análisis de datos en la medicina, datos estadísticos más complejos y precisos respecto de problemáticas sociales, en economía y educación, por ejemplo.

El problema es que hay infinidad de ejemplos como el de Cambridge Analytica, que lleva a países de todo el mundo a preocuparse cada vez más por quién manipula esto y, además, una realidad en los hechos, que es la posición extremadamente dominante de un puñado de empresas.