El reciente brote de sarampión y la aparición del movimiento antivacunas en la agenda mediática invitan a reflexionar sobre una práctica que lejos de ser individual nos interpela para pensarnos (y cuidarnos) desde una lógica colectiva.

Por Vanesa Manes @vanemanes

Fotografía: Infobae

Samanta sacó a su hijo del jardín. Ni el sistema de salud ni el sistema educativo pudieron darle respuesta a una demanda que había planteado antes de tomar esa decisión. Unos meses atrás, en una reunión de padres, sus ojos se agrandaron al escuchar que uno de los compañeros de su hijo no iba a ser vacunado en la próxima convocatoria escolar y que, de hecho, nunca había sido inmunizado a sus 3 años. 

El caso de Samanta es uno más entre cientos que ejemplifican una situación que ha calado en la agenda mediática tras el reciente brote de sarampión a nivel mundial y que en nuestro país ya afecta a 55 personas, algo que no sucedía desde 1998. Se trata de una enfermedad casi erradicada que vuelve a ser prioridad en las agendas de salud, y en el caso argentino, llevó a modificar el Calendario Nacional de Vacunación para preservar la vida de bebés y niñes.

En este contexto, el denominado movimiento antivacunas, lejos de promover la protección y el derecho a la salud, pone en riesgo la vida las niñas, niños y adolescentes con escasas referencias científicas comprobables.


El caso de Samanta es uno más entre cientos que ejemplifican una situación que ha calado en la agenda mediática tras el reciente brote de sarampión a nivel mundial y que en nuestro país ya afecta a 55 personas, algo que no sucedía desde 1998.

Tocó puertas, habló con autoridades, exigió que los adultos cercanos intentaran advertir el  peligro de exponer a su hijo y al resto de sus compañeros a la desprotección. Indagando en el caso, Samanta pudo confirmar que los padres del niño habían falsificado el certificado de la BCG para inscribirlo en el jardín.

La Ley 27.491 de Control de Enfermedades Prevenibles por Vacunación sancionada en 2018 establece la obligatoriedad para los habitantes de aplicarse las vacunas estipuladas por el calendario nacional. Además, insta a presentar los certificados de vacunas para realizar diferentes trámites, como la inscripción al ciclo lectivo escolar en todos los niveles educativos.

Por otro lado, la normativa considera a las vacunas como un bien social y establece la prevalencia de la salud pública sobre el interés particular. En esa línea, las vacunas son consideradas un derecho para los niños, niñas y adolescentes y no recibirlas puede conllevar a recibir sanciones para los adultos responsables.

Recientemente, el ministro de Salud de Alemania estableció sanciones de hasta 2500 euros para los padres que no vacunen a sus hijos contra el sarampión. Luego de detectar más de 200 casos de esa enfermedad en 2019, la medida busca alcanzar a 360.000 niñes que asisten a guarderías y escuelas.


La normativa considera a las vacunas como un bien social y establece la prevalencia de la salud pública sobre el interés particular. En esa línea, las vacunas son consideradas un derecho para los niños, niñas y adolescentes y no recibirlas puede conllevar a recibir sanciones para los adultos responsables.

Desde que existen las vacunas, han surgido movimientos detractores que se oponen por distintas razones a la inmunización. Por lo general, las creencias religiosas, naturistas, vegetarianas, ecologistas, son los pilares en los que se apoyan los grupos antivacunas. 

Samanta cuenta que la razón por la cual los padres del compañero de su hijo no querían inmunizar era porque algunas vacunas cuentan con una mínima dosis de derivado de leche de vaca y pescado (al igual que las leches de fórmula), que no serían compatibles en dietas veganas y vegetarianas.

Lluis Salleras, miembro del Departamento de Medicina de la Universidad de Barcelona, sostiene que los movimientos antivacunas suelen basar sus críticas haciendo alusión a los efectos secundarios (por ejemplo: esclerosis múltiple en la vacuna antihepatitis B; autismo en los niños vacunados contra el sarampión) y al valor protector de la vacuna, alegando una hipotética baja eficacia. 

Lo cierto es que estos grupos no suelen considerar la evidencia científica ni las opiniones de expertos en la materia. La pediatra argentina Sabrina Critzmann explica en su libro Hoy no es siempre. Guía pediátrica para una crianza respetuosa el origen de uno de los mitos en relación al autismo y la vacuna del sarampión, que se instaló en el imaginario colectivo. 

En 1998, el gastroenterólogo británico Andrew Wakefield publicó un artículo asociando la vacuna MMR (antisarampión, rubéola y paperas) con el autismo. Según Critzmann, utilizó datos fraudulentos buscando que se diera de baja esa vacuna para que ingresara al mercado la que producía otra empresa, la cual trabajaba con él. Finalmente, el trabajo fue retirado en 2004 y los autores debieron retractarse, pero el daño ya estaba hecho.


En 1998, el gastroenterólogo británico Andrew Wakefield publicó un artículo asociando la vacuna MMR (antisarampión, rubéola y paperas) con el autismo. Según Critzmann, utilizó datos fraudulentos buscando que se diera de baja esa vacuna para que ingresara al mercado la que producía otra empresa, la cual trabajaba con él.

En 2016, en Nueva York, el grupo antivacunas liderado por Wakefield intentó presentar en un festival de cine un documental sobre vacunas y autismo. La propuesta no tuvo lugar, aunque el hecho tuvo una fuerte repercusión en los medios de comunicación, pieza clave para instalar al movimiento antivacunas en la agenda mediática. 

Hasta la fecha, esta teoría ha sido desterrada por expertos en vacunación de todo el mundo, incluido el ACIP (Comité Asesor de Práctica de Vacunación) del Center for Disease Control de Estados Unidos, una de las instituciones más prestigiosas. No existe ninguna relación entre la vacuna contra el sarampión y el autismo.

Las vacunas pueden producir efectos adversos, sí, pero siempre serán menores en relación a la enfermedad de la cual protegen. Aún hoy, hay enfermedades como la gripe o tos convulsa que no se pueden erradicar. Sin vacunas estamos expuestos y dejamos a otros a esa misma exposición.

Samanta priorizó la salud de su hijo y familia al no recibir respuestas institucionales. No estaba errada. Según Critzmann, el contacto de un niño no vacunado con otro vacunado es riesgoso, ya que no se puede determinar la respuesta inmune de cada persona a una vacuna.


Las vacunas pueden producir efectos adversos, sí, pero siempre serán menores en relación a la enfermedad de la cual protegen. Aún hoy, hay enfermedades como la gripe o tos convulsa que no se pueden erradicar. Sin vacunas estamos expuestos y dejamos a otros a esa misma exposición.

Le cabe un rol fundamental a los medios de comunicación y sus comunicadores hacer eco de información con basamento científico y no reproducir noticias meramente sensacionalistas.

Será tarea de los estados, sus instituciones y políticas públicas pujar para que el bienestar colectivo prime por sobre las decisiones y elecciones individuales.

Por más salud. Por más derechos. Por más vacunas.