Con parsimonia, pero con la precisión de quien sabe hacia dónde va, Nicolás Espina, chileno, 30 años, actor, llega a la Plaza Clemente del barrio porteño de Colegiales para convertirse en esa zorra con la que fantaseó durante toda la semana. Estaciona su bicicleta con canasto trasero junto a otras que están apoyadas sobre un poste de luz, busca en el fondo de su mochila un par de rodilleras, se las pone como para ir a la guerra, y se suma al grupo de jóvenes que está elongando sus extremidades hacia el infinito para darlo todo en la clase de voguing que está por empezar.

El voguing como danza y subcultura se enmarca dentro de la cultura ballroom y surge en la década del 60 en el barrio Harlem de Nueva York, entre las comunidades homosexuales y trans –travestis, drag queens, transexuales y transgénero– de origen principalmente afroamericano y latino que sufrían discriminación por razones sexuales, identidad de género, clase y raza. Se trata de un baile inspirado en los movimientos de la gimnasia artística, las pictografías egipcias, la cultura militar y la fotografía de modelaje de la revista estadounidense Vogue, editada desde 1892.

Ante la marginalidad a la que eran expulsadas, estas comunidades comienzan a reunirse para retomar la cultura de los bailes de salón de la década del 20, típicos de la sociedad aristocrática norteamericana, con el objetivo de apropiársela a partir de la conjugación del baile y el travestismo, a modo de crítica social. Así, crea una danza en la que las poses son un elemento central y que, después de las décadas del 80 y, en especial del 90, con la canción Vogue de Madonna, gana reconocimiento mundial. Una danza parida desde el under que, pese a esa explosión de fama, se exporta a la Argentina en las décadas siguientes, pero recién logra desplegarse con mayor fuerza y visibilidad desde 2015 en Buenos Aires, Santa Fe, Rosario, La Plata, Santiago del Estero, Resistencia y Corrrientes, según el grupo de investigación Che Ballroom! que se dedica a estudiar esta cultura en el país.

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El playón de cemento de la zona anfiteatrada de la Plaza Clemente, que emula la forma de una gran gota de agua, ayuda a Sebastián Sciarrotta, profesor y padre de House of Glorieta –una de las “casas” pioneras en promover la cultura ballroom en la Argentina, después de House of Satana y House of Atheris– para darle forma a la ronda humana que necesita para estructurar el primer tramo de la clase: la entrada en calor, instancia clave para empezar a “disociar el cuerpo” que “ya se viene en tres, dos, unooo…”. Y le da play a una electrizante versión de I Feel Love de Donna Summer que invade la atmósfera y, en particular, a la docena de cuerpos danzantes vestidos de casi todos los colores de la paleta cromática, que empiezan a agitar sus brazos en círculos, sus hombros hacia atrás y adelante, luego sus pies, también en círculos, haciendo eje desde la punta del dedo gordo y, por último, a saltar en una soga imaginaria que va incrementando su ritmo, durante varios minutos, hasta elevarse como en una cama elástica, pero hacia el universo.

“Bravooo”, dice Sebastián, treintañero de estatura baja y mentón apuntando al cielo, corte estilo taza, rapado desde la sien hasta la nuca, mientras chasquea sus dedos dibujando un cuadrado. Luego se agacha para levantarse las medias blancas con dos rayas verdes que ajustan su calza negra, cuya banda elástica, al mismo tiempo, ciñe una camiseta violeta de cuello alto que ahora se arremanga.

“Esas cuerpas no entraron en calor! ¡Están en llamas! –expresa orgulloso– Hoy vamos a ver el estilo old way, el más legendario del voguing que, como ya saben, combina movimientos lineales con diversidad de ángulos. Y, como siempre digo –advierte– ¡recuerden que lo más importante es jugar con la pose, que es la base del old way! Flash, foto. Flash, foto. Flash, foto. Acá no venimos a hacerle el espectáculo ni el show a nadie, ¡es nuestra disidencia!”.

Con el paso del tiempo, el voguing surgido en el Harlem devino en los tres grandes estilos que se conocen hoy: old way (priman los trazos lineales y ángulos rectos, giros y caídas), new way (incorpora contorsiones e ilusiones de manos) y femme (enfatiza la femeneidad a través de elementos como el catwalk o caminar de gato, el duckwalk o caminar de pato, en cuclillas, el movimiento de manos o hand perfomance, y la rutina de piso o floor performance, en la que el bailarín se desaplaza y ejecuta poses con sensualidad femenina al nivel del suelo). Pero en esta tarde de julio cálida, disidente del invierno, es el estilo leyenda, el viejo camino, el que ha encendido los cuerpos: “¡Let´s go!”.

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Sebastián nació en Pehuajó y a los 5 años se fue a vivir a Río Grande, Tierra del Fuego, por razones de trabajo de su padre, que era camionero y trabajaba transportando gemas de vidrio. “Me crié, en parte, arriba de un camión, acompañando a mi papá en viajes que duraban hasta tres meses. Era como vivir de gira”, cuenta entre risas. Y, enseguida, tiende el puente con su vinculación a la cultura ballroom: “No estudié danza, pero desde chico ya bailaba, cantaba, imitaba a Britney Spears, a Cristina Aguilera, y en mi casa me cerraban la puerta, onda ‘no te quiero ver’. Crecí con eso, y con todo mi deseo llevado a lo clandestino, a las puertas cerradas; pero cuando llegué al ballroom sentí que todes les que estaban acá ya las habían abierto a esas puertas, todes conviviendo en su propia diferencia y, además, celebrándose”.

Con “llegar al ballroom”, Sebastián se refiere a un día de agosto de 2019 cuando fue a uno de estos eventos organizado en el Teatro Margarita Xirgu y, allí, Fiordi Glorieta Labeija, quien hoy es la madre de House of Glorieta, tuvo una corazonada:

—Tenemos que hacer una casa.

—¡Vos estás loca!— le retrucó.

Y al mes siguiente empezaron con las primeras prácticas en la Glorieta de Barrancas de Belgrano, de allí el nombre de su casa. Pero se encontraron con un grupo de tangueros y tangueras que tenía el permiso del Gobierno de la Ciudad para ensayar todos los días en ese mismo lugar. “Tuvimos que acordar usar el espacio cuando ellos lo desocupaban, después de las 23, entonces ensayábamos hasta las 2 o 3 de la madrugada”, recuerda. Así convivieron un tiempo. Sin embargo, la disputa por el uso del espacio público no terminó allí: en el marco de esa convivencia, aceptaron organizar con los tangueros el primer ballroom al aire libre de Buenos Aires, evento que “se terminó picando porque ellos empezaron a emborracharse y a arengar feo cuando bailábamos, nos gritaban tipo ‘dale puto, dale puto’. Dijimos chau, ¿qué hacemos con esta gente?”.

Esas primeras prácticas de voguing continuaron provisoriamente frente a la Biblioteca Pública “La Reina Batata” y enseguida decidieron mudarse a la Plaza Clemente, que se había inaugurado hacía unos meses y tenía una zona anfiteatrada con un piso llano. “Vivimos la expulsión, que es la historia misma de la cultura ballroom. Siempre hubo que batallar por nuestro propio espacio”, reflexiona Sebastián Glorieta, porque, en rigor, se apellidan como sus casas.

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Desde sus inicios, la cultura ballroom se organiza a través de casas (houses) debido a la expulsión de sus hogares que sufrían muchos miembros de la comunidad LGTBIQ+ por parte de sus familias biológicas, al enterarse que eran gays, travestis o simplemente porque habían decidido llevar el pelo largo. “La idea de casas tiene mucha importancia en los 70 y 80, cuando las pioneras traían a personas de la calle a vivir a su casa, les daban de comer, les salvaban la vida literal. Las madres eran generalmente mujeres trans, que conformaban esta idea de familia no heteronormada, no viviendo una fantasía, sino la realidad, ocupando ese lugar materno, algo que la sociedad le decía que nunca iba a poder hacer”, explica Sebastián. Y reconoce, al mismo tiempo, que el contexto actual es diferente en ese sentido: “En nuestra casa, la mayoría tiene techo, comida, acceso a Internet, así que nuestra idea de familia tiene más que ver con poder conformarnos y compartir la vida, apoyarnos, crecer juntes; la idea de padre y la madre se relaciona para nosotres con ser guías, no con tener la última voz o la más fuerte; sino, primero, con aceptar este proceso de aprendizaje continuo entre padre, madre e hije, y segundo, con potenciar, más que con condicionar. Es un modo alternativo de construir familia”.


«Vivimos la expulsión, que es la historia misma de la cultura ballroom. Siempre hubo que batallar por nuestro propio espacio”, reflexiona Sebastián Glorieta, porque, en rigor, se apellidan como sus casas.


Ahora bien, las casas no son la única estructura que organiza la cultura ballroom. Las houses, en realidad, son el elemento común de los dos circuitos a partir de los cuales se desarrolla este movimiento artístico; dos niveles distintos, interrelacionados, pero independientes entre sí. Se trata de lo mainstream y lo kiki; el primero, vinculado exclusivamente a las casas pioneras que surgen en el Harlem en los 60, 70 y 80, constituidas como referencia a nivel mundial y que, con los años, toman forma cada vez más competitiva; y el segundo, lo kiki, relacionado a las expresiones locales de esa cultura. No son excluyentes porque se puede pertenecer a una kiki y, a su vez, a una casa mainstream, como es el caso de Sebastián Glorieta, que pertenence a The Royal House of Milan (1989) de Nueva York; y de Fiordi Glorieta, miembro de The Royal House of Labeija (1968).

“Para mí, lo más importante del mainstream es la información, porque ahí circulan los saberes de quienes caminaban los balls en los 80, y eso no lo vas a encontrar en otro lado; así que lo respeto, de hecho, pertenezco; pero nuestros desafíos, como maricas sudacas, están en la escena kiki. Todo lo que nosotros podemos hacer por nuestra comunidad empieza ahí”, confiesa Sebastián.

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“¡Hoy toca el old way, chiques, así que a preparar esas poses! Siempre voy a estar buscando poses, nunca el “¡uh, qué genialidad, qué correeectas! ¡Nooo! Imaginen que ¡flash! ¡Un reflector las caza de frente, las penetra! ¡Ay, qué escandalooo!”, arenga “papi Glorieta”.

El parlante móvil da paso a una nueva pista, a la que un morocho de lentes dorados, chomba ajustada y chupines negros, los ojos delineados, la mirada desafiante, acompaña con un cimbronazo de hombros y un caminar cada vez más acuclillado y pataleante. Otra chica de pelo lacio y pantalón aterciopelado naranja marca Adidas, lo escanea de arriba abajo y le guiña el ojo. Y en el lado opuesto de la ronda, un morocho de bigotes finos, campera deportiva roja desprendida, minishort en composé, zapatillas blancas, eleva sus brazos y saluda con un gesto de reverencia hacia uno de los bancos de la plaza que funciona como guardarropas y trono de mother Fiordi, que está sentado, sonriente, con lentes de sol grandes y una campera que cuelga de sus rodillas inquietas.

“¡Están todas encendidas! ¡Mirá aquella! –Fiordi señala a un chico delgado, de frente ancha, rodilleras que lo protejen de verdaderas batallas al ras del suelo– Es de House of Tropikália –hace una pausa, pone boca de selfie– ¡y ese otro es rosarino, pionero allá! Es fundador de la Maricoteca ONG, un archivo histórico de la comunidad. Pertenece a Casa Mostricia y está organizando el primer ballroom de la escena de Rosario para agosto. Se va a picar”, pronostica.

Ahora father Glorieta está en el centro de la ronda y da una serie de tips para acompañar la versión electrónica de Pump It Up de Endor que va a empezar a sonar. “Una vez que encuentro el ritmo, muestro todo lo que tengo: la carita, la ropita, la elegaaancia. Me presento, me presento, me presento –da pasos largos, a dos tiempos– ¡porque si no me presento, ¿dónde voy a ir, bebés?”. Y agrega: “Primero la elegancia y la fuerza, y después, la de-ci-sión. Ser preciso, saber dónde voy”.

“¡Ay, qué escandalooo!” –Sebastián hace un juego de hombros y, enseguida, un ademán de poner su rostro dentro una caja o televisor, y entonces baja abrupto su torso como una muñeca a cuerda y al instante, se levanta, empieza a caminar entrelazando un pie con otro: “Me presento, me presento, me presento. Camino, camino, camino mi destino”.

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Hay otro Sebastián, pero de apellido Muñoz, que también vino a “darlo todo bebé”. Cordobés, 31 años, microbiólogo, lleva puesta una remera gris manga larga ajustada al cuerpo y unos pantalones chupines y zapatillas negras. Ahora está hecho “una perra en celo en la pista”, pero después, cuando todo termine, va a contar que su relación con el ballroom empezó desde lo mainstream, viendo el video de Madonna y el documental Paris is Burning. Luego se enteró que en Buenos Aires existía la fiesta Turbo, donde se realizaban competencias de voguing, con un jurado y un anfitrión, hasta que supo por las redes sociales que existían las casas y la primera con la que se contactó fue con Glorieta. A priori, no se animaba a ir, un poco por timidez y otro poco porque estaba atravesando una situación familiar difícil: su madre biológica, que hacía tiempo tenía diagnóstico de deterioro cognitivo comenzó a entrar, finalmente, en un estado de demencia senil.

“Justo mi primer día de práctica de old way coincide con el día que hicimos el ingreso de mi mamá a una residencia permanente porque ya necesitaba cuidados las 24 horas. Fue una situación súper dura. Y, oh causalidad, conectar esa misma tarde con el voguing fue sanador para mí, transformador, transmutador; sentía que estaba vivenciando y recordando a mi vieja desde toda esa esencia maricona que ella me transmitió desde un lugar súper lindo”, confiesa Sebastián. Y agrega: “Siempre compartíamos esos rituales de madre e hija, era su asesor de moda e imagen, la acompañaba a la peluquería, la teñía, le pintaba las uñas, así que sentí que toda esa esencia del voguing, el old way, la coquetería, la postura, lo aprendí de ella. Yo conecté desde ese lugar: mientras mi vieja va olvidando cosas, yo la recuerdo con estas prácticas y celebrándola a través del ballroom”.


“Siempre compartíamos esos rituales de madre e hija, era su asesor de moda e imagen, la acompañaba a la peluquería, la teñía, le pintaba las uñas, así que sentí que toda esa esencia del voguing, el old way, la coquetería, la postura, lo aprendí de ella. Yo conecté desde ese lugar: mientras mi vieja va olvidando cosas, yo la recuerdo con estas prácticas y celebrándola a través del ballroom


Sebastián hace hincapié en el sentido de grupalidad que encuentra todos los sábados en la plaza, a la que asiste hace casi un año. “Si bien venimos a bailar y a batallar en la pista, obviamente, porque es la magia del ballroom, hay que pensar que la persona con la que estas batallando tiene una historia de vida que está bueno conocer, y que solo la vas a conocer si te involucras a nivel humano. Esa es mi actitud, salir de la pista y tratar de conocer a esa persona”. “El divismo es un enfoque que tenés que dar y sostener cuando estás en la runway (pasarela) o bailando, pero cuando te bajaste, ya está, es un juego, no es que te llevas el divismo para la vida, solo sirve para construir el personaje y dar una batalla visual”, concluye.

–¡Como la que diste mamita, no te hagas la humilde! – le gritan por ahí.

Sí, ¡pero no llegué a la final como la chilena!– dispara con sarcasmo, entre risas. Y bebe agua, después de agitar hacia su izquierda el jopo más azabache y prolijo de la plaza.

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Una vez que cada danzante “se presentó” a sí mismo, a su estilo, la clase puede continuar con un juego de poses, una runway, luego, con uno de bloqueo, que consiste en ganarle espacio al contrincante, restringirlo en su destreza a partir de movimientos bruscos e inesperados; después, seguir con los tens, que es la instanciapara buscar el diez del jurado, hasta terminar con las famosas batallas, en las que se inaugura una competencia mano a mano bajo un sistema de eliminación que coronará al ganador que verdaderamente lo haya dado todo en la pista.

“La competencia está pareja hoy, me tienen boquiabierto”, dice father Glorieta, dejando caer su mandíbula. Pero en la final solo hay lugar para dos y el duelo se debate entre Lucas Tropikália, que acaba de sacarse la campera canguro para dar lugar a su remera de Sailor Moon, y Nicolás Espina, la que hace saltar descontrolado su aro en la oreja izquierda desde hace casi dos horas, y deleita, en su última performance, con un bicicleteo delicado hacia el cielo, ejercido desde la base de su cabeza que, junto a sus omóplatos, están apoyados en el cemento, con las manos flexionadas para cargar el peso. Un bicicleteo que, en un santiamén, lo devuelve con los pies en la tierra, el pecho inflado, la espalda tiesa, la mirada arrogante al mundo sobre su hombro, la mano derecha en la cintura y la otra estirada hacia arriba, como elevándose hacia la victoria.

–¿Qué se siente haber ganado el grand prize de hoy?

–¡Ay, estoy muy feliz, me siento muy apañado! –confiesa Nicolás, emocionado, dejando atrás a la zorra en la que, dice, puede convertirse si se lo propone–. Y siento también que están todes contentes les que están acá, aplaudiendo –hace una pausa, respira hondo, vuelve su sonrisa tímida–. Me siento apoyado, acompañado, sí… compañía es la palabra.

Ahora sorbe un trago de agua de su botella y agradece con la cabeza una felicitación que viene de algún lado.

–Igual, te confieso una cosa: las otras veces que competí y también llegué a la final, me sentí igual de contento que ahora. Porque en el voguing y en la vida es así: podés recibir un ten o un chot (desaprobación), podés ganar o podés perder. Y el que se pica, pierde.

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